Manolo González: a la búsqueda de la “terribilitá”
Hay ocasiones en que cobra rotundidad una afirmación tan sencilla como la del pintor estadounidense James M. Wistler: “El arte seduce”. Esta es una de ellas: la madurez creativa de un autor que ya con Guiniguada y con Adargoma acreditó fuerza y energía expresivas. Ahora, guiado por la mano profética de Jeremías, expresa su plenitud del figurativismo y da la razón a quienes pensamos que el arte debe exorcizar ese indicador de la vitalidad de la historia que es la turbulencia que nos envuelve. La seducción vence.
Sobre la desnudez de la naturaleza humana se consuma el privilegiado tránsito del mundo escultórico al musical. Manolo González se deja arrebatar por Ludwig van Bethoven (“Sólo el pedernal del espíritu humano puede arrancar fuego de la música”) y clama ante la desgracia o la impotencia.
Los versos del profeta lo catapultan:
“¡Ojalá tuviera en el desierto un albergue de caminantes!
Dejaría a mi pueblo, me iría lejos de ellos pues todos son adúlteros, gavilla de ladrones”.
Pero no es lo suyo un pesimismo irremediable. Ni siquiera una denuncia estridente. El torrente de la reflexión fluye limpio, puro, con apreciable densidad de pensamiento. La creación está dotada de un esfuerzo por la solidaridad. Superar, una vez más el reto de la incomunicación: la aproximación de los cuerpos no es sinónimo de apoyo ni de integración. Es su mismo afán, dinámico y descarnado.
Da igual: estos seres, solos o juntos, son acusación sin necesidad de recurrir al ropaje desgarrado del barroco o la figura famélica del neorrealismo. El escultor –lo pretendiera o no- se mantiene en el fiel del equilibrio renacentista. Su nueva obra, más rica que nunca desde la idealización figurativa, tan llena de sugerencias, es la traducción de un artista inquieto hasta la rebeldía. Manolo González, ante el hastío del profeta, hace como Herman Hesse: “ La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero”.
Hay que seguirlo.