A Manolo González le interesa el hombre vivo, el cuerpo del hombre vivo. De bronce, de poliéster, de malla metálica, pesado, suave, traslúcido, pero siempre vivo. Cuerpos hermosos o deformes volando, bailando, flotando, pisando, sintiendo. No hay un clima, ni hay un tiempo. Casi no hay datos del mundo exterior salvo los que proporciona el cuerpo desnudo: la gravedad.
Obra honesta, de un tozudo vigor campesino. Transmite un sentimiento intenso sin esperar respuesta. No busca el diálogo con el espectador. Simplemente ocurre, se produce. Es la obra de un artista que trabaja para sí mismo. Se trata de un manifiesto vital y libertario. Abajo convenciones. El hombre, desnudo por dentro es así.
Hedoné. Un cuerpo atrae a otro cuerpo. Ley de la gravedad. También s la ley de la sensualidad... Ésta tiene ventajas. No hay gravedad onanista, pero la sensualidad no siempre necesita de otros.
El hombre tiende a satisfacerse como la mariposa tiende a la luz. El placer es múltiple. El deseo es uno. Obra sensualista, Hedoné muestra el deseo más que el placer. Es el deseo el protagonista, no los cuerpos, que no pertenecen a nadie en particular. En esta ocasión los cuerpos anónimos, están en la plenitud de la vida. Desperezan su sensualidad. Lo hacen con una impudicia límpida, sin exhibicionismo. No es la impudicia de la inocencia sino de la sensualidad: el placer es bueno.
La sensualidad de forma a una fría malla acerada, que parece haber servido de piel a un cuerpo que ya no está, pero que adivinamos. La materia conserva la huella y el calor del hombre, como las sábanas de una cama revuelta. Economía de medios, Hedoné recuerda una película “en blanco y negro”, sólo la luz, sin color, casi sin materia. Ésta se hace leve para que la luz, extraña cópula la atraviese. El latir del pulso vital en la piel la concentra rítmicamente. El artista abre sus poros, los dilata para poder pasar dentro, y salir por otro poro cualquiera de ese cuerpo.
Lo esencial no transcurre en el tiempo. Simplemente no hay tiempo. En Hedoné, como dioses, podemos tenerlo todo presente. Nada se deja para después. No necesitamos un tiempo para descubrir esos cuerpos al completo. Se trata de una experiencia total. La materia delimita forma pero deja ver la forma que está más allá y que se define sólo por la piel. Toda la energía vital del hombre se concentra en ella. El cuerpo ciego, sordo, mudo, siente con la piel, esencia de la sensualidad: el deseo es bueno.
1996, Mayo. Casa de la Cultura, Teror. “Salomé Sebastián...o el objeto del deseo”
Final de Salomé de R. Strauss
...Ah! He besado tu boca / / había un sabor amargo en tus labios,
¿Era el sabor de la sangre? ¡No! / / Sabía quizá a amor...
Dicen que el amor tiene un sabor amargo.../ / Pero ¿ qué importa? He besado tu boca...