Aun se llora. Seguiremos sufriendo el ser como somos sin otra disculpa que la vida, sin otro remedio que la muerte. Cruzaremos los brazos ante el dolor ajeno, daremos la vuelta, la espalda, intentaremos huir de lo que tenemos dentro. Será difícil asimilar lo cruel, lo asesinos , la morbosa necesidad de dominar haciendo sufrir sin otra piedad que nuestro interés, nuestro instinto. Siempre fue así. ¡Qué nadie venga a decirme que el hombre es bueno por naturaleza! Sobre tanto cadáver, tanta hambre, tanta sed de sangre, el hombre ha levantado la más firme de sus creencias, los valores más altos y nada ni nadie hará que no se repita. Cíclicamente la barbarie se fotografía frente a nosotros como si fuera un aniversario, y lo que es peor, nos autojustificamos diciendo que no somos así, y está tan cerca tan dentro de cada uno de nosotros. Y es que justificarse ante el daño es tan normal, tan natural que va unido a lo más básico: ser.
Como puesta en escena nos acercamos a la crueldad diaria que vemos en todas partes del mundo, asistimos con tedio a la continua repetición del dolor sin casi sufrir por ello y al tiempo, condenamos sin piedad, nos ponemos de parte de los buenos, acusamos a otros de malos: conmigo o contra mi.
En un mundo de hipócritas, cualquier manifestación del arte juega un papel escondido –a veces evidente- de preguntarnos y respondernos a la inquietud que sentimos como hombres de fin de siglo. Quizás ahora, a las puertas del milenio, podemos intuir con certeza lo poco humanos que se ha sido con los otros y con uno, el miedo a enfrentarnos a las realidades más intimas, a la furia que guardamos, domesticamos, desahogándola en determinados momentos de violencia en la contemplación activa del mundo a trave´s del arte.
Vivimos equivocados, equivocados hasta en lo esencial. La vida. Y es aquí donde el arte juega un papel esclarecedor y mágico. Es en lo cotidiano donde cualquier manifestación artística debería ayudarnos a ser más. Desgraciadamente no es así; soportamos la ansiedad, la decepción como algo corriente. Nada o casi nada nos conmueve y se nos hace difícil vivir con nuestras verdades, cada día más ciertas y más crueles. El dolor puede dar todas las respuestas; sufrir es una solución. Nacemos con dolor y por tanto con el vivimos. Pero el dolor también tiene su delirio, su placer. El mártir es ejemplo de amor al sufrimiento que le infringen otros. Sufrir por ideales, morir por ellos forma parte de nuestro día a día aunque creamos que es concepto de otras épocas; hoy, más que nunca, hay mártires entre nosotros con o sin motivo, pero mártires.
Al final las guerras interiores como las otras, son derrotas; todos los mártires, inútiles, todo camina hacia la condición única de perecer para renacer.
Y amanecerá de nuevo. Será fácil, natural. Volveremos a secar las heridas con el dolor de la sal. No reconoceremos a nadie, porque nadie tendrá valor. Sólo miraremos hacia dentro y no habrán espejos. Perseguiremos las huellas que no son nuestras hasta darle alcance, robaremos al mundo su agua y su aire, mataremos todo lo que deseamos. No será difícil. De sangre serán los caminos, de cuerpo los árboles, ultrajados, violados, empalados, arrancaremos los ojos, cortaremos el último aliento, seremos originales, primitivos, auténticos. Como animales, como lo que somos pero sin palabras, sin cultura, sin la mentira religiosa, sin la falsa promesa política; seremos de fuego, de soles, de noches, de sangra, de viento y mar, seremos por siempre y como condena la más horrible creación de la naturaleza: el hombre.
Para “Doom a Sigh” epílogo de Manolo González:
... No es un panfleto, ni una declaración; me acerco al dolor, crueldad, lamento, negación con compromiso inequívocamente estético; como valores humanos susceptibles de acción artística; sólo retrato una parte que me parece sugerente.