El espectador que se encuentre en el espacio donde vuele la instalación Millenia con siete figuras del escultor canario Manolo González (Las Palmas de Gran Canaria, 1965), se encontrará con una imagen de la levedad .Esta imagen es la escogida para que nos acompañe y por eso al colgarlas de lo alto, radicaliza la ingravidez, la ligereza, con respecto a otras piezas como Hedoné (1995), el Sátiro (1999) y Drago WomadCanarias98 , también figuras realizadas en malla metálica pero con un débil apoyo en el suelo. Y es que con esta obra Manolo González apunta a la metamorfosis de lo duro y lo rígido de sus esculturas públicas como Guiniguada (1992), Cátedra Pérez Parrilla (1993), Los Muchachos de la Biblioteca (1995), Cousteau (1998) o Unamuno (1999), a lo blando y enrollable del pobre y sobrio material industrial.
Manolo González dice que Millenia es una propuesta de la reflexión sobre la humanidad como cadena trasmisora de vida y conocimiento, sin orden ni equilibrio, como una suerte de corriente neurológica estimulada por la esencia biológica y volutiva del hombre: acción-destrucción-creación. Por esto las figuras se encadenan a partir del modelo de Creación de Adán de Miguel Ángel en la bóveda de La Capilla Sixtina. ¿Por qué convoca a Miguel Ángel, cabe preguntarse? De manera significativa el escultor ha elegido para encadenar los cuerpo el encuentro de la mano extendida de Dios con Adán en el momento de crearlo. Pero se podría ir un poco más allá en el por qué de esa apropiación. En primer lugar es obvio que se trata de una inversión de las formas plásticas escultóricas miguelangelescas, pero aquí lo que se trasmite son, según su propuesta, corriente neurológicas que el vaivén de las figuras denota. En segundo lugar, este gesto de convocar a Miguel Ángel desde un presente donde la ciencia médica demuestra la modificación y cambio de los genes, podría parecer que Millenia propone un juego sutil: el de la posibilidad nada remota de la autocreación que apunta la ciencia.
En cualquier caso, podemos abrir otras interpretaciones a partir de la idea de cambio. Así, si esa es la idea y sus figuras son leves, acudiremos al mito del héroe Perseo que cortó la cabeza de la terrorífica Medusa. Con tal trofeo, Perseo – el de las sandalias aladas y personificación de la levedad- castigó a sus enemigos convirtiéndolos en estatuas de sí mismos. Es por eso que este mito introduce, frente a la opacidad el mundo y su inercia, la voluntad de cambio, pero donde la relación de Perseo y la Medusa es compleja y no acaba con la decapitación de la Gorgona, pues de la sangre del monstruo nace su contrario, Pegaso, el caballo alado (Levedad. Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio , 1985).
En Millenia no sólo Manolo González juega con el peso o niega la materia sólida –algunas características estéticas sobre las que se ha basado la escultura tradicional- sino que, a través de la malla se abre el interior y, según donde nos situemos, veremos algunos de los lados que forman el espacio arquitectónico, el cielo, las nubes, la luz del día o de la noche. Así la vista penetra por las múltiples aperturas de la retícula y sabremos que el espacio vacío no existe. Pero hay algo más. Los efectos de la luz, natural o artificial, descubrirán los numerosos contornos de las figuras voladoras donde el dentro y el fuera son ambiguos y el límite se difumina. Son cuerpos transparentes no cristalinos que reflejan una luz cambiante sin alterar el volumen y en los que el ideal de la transparencia de la modernidad se conjuga con reflejos de lo metálico.
La propuesta nace de la disolución de los límites entre los géneros del arte contemporáneo en una posición fronteriza entre el objeto escultórico y la instalación más una raíz en el discurso plástico. Los cuerpos son investigados desde la destreza del gimnasta y el erotismo poético. Es por aquí donde, a mi entender, manolo González cuela ciertos ecos nestorianos*, si bien desde lo contemporáneo y donde la presencia física de los cuerpos es de lo leve, de lo transparente y luminoso.
*Néstor Martín Fernández de la Torre (1887-1938) fue un pintor fundamental en el arranque de la modernidad en las islas.